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De finales y recomienzos

A partir de una conferencia dada por Mario Casalla ante los alumnos de la Facultad de Bellas Artes de la UNLP-
Cátedra: Teoría de la Práctica Artística.


Palabras claves: crisis – finales y recomienzos en la historia de un país.
entretiempos y trasición.

1. La palabra “crisis” no es la más adecuada para caracterizar aquello que –
profundamente- está sucediendo en la Argentina presente. Ni aun agregándole
un aumentativo (“gran”, “más grande”, etc.) ese término dice lo
que es necesario decir. Lo que ocurre hoy entre nosotros es mucho más
grave que una crisis; lo que propiamente sucede es el final de un ciclo
histórico y quien así no lo advierta, errará tanto en el diagnóstico,
como en la propuesta de alternativas válidas para su posible superación.1

2. El final de un ciclo histórico no implica necesariamente la terminación del
país, pero sí el agotamiento y la inevitable declinación del proyecto de
nación que en él estaba cursando. Y no debemos confundir “país” con
“nación”. La primera es una categoría esencialmente geográfica; la segunda,
en cambio, es política y alude a la posibilidad de gozar (al menos)
de cierta soberanía y libertad para conducir y elegir el propio destino. Es
cierto que en tiempos “globales” esa posibilidad se encuentra menguada
y jaqueada como nunca, pero también lo es que siguen existiendo naciones
y que -aún para participar secundariamente de esa realidad “global”-
es menester seguir siendo una nación. La Argentina se encuentra hoy
ante la posibilidad de dejar de serlo y de seguir como simple “país”, en el
concierto mundial de las naciones. Su estatuto pasaría a ser así prácticamente
el de una “colonia” -dirigida en lo esencial desde el exterior- aún
cuando conserve los atributos formales y simbólicos de su soberanía.
Existen al presente muchos otros países de la Tierra en esta misma situación,
algunos de manera notoria y otros más disimuladamente.

3. Las “crisis” (mayores o menores, más o menos intensas) son siempre
“interiores” a un proyecto y -a pesar de las reformas o cambios que puedan
exigirle a este- es en el seno de ese proyecto donde encuentran generalmente
alguna respuesta o solución. Pero, cuando una crisis no encuentra
solución alguna en el seno del proyecto en que se produce, el que
entra en colapso es el mismo “proyecto”, finalizando así el ciclo histórico
que él hasta ahora sustentaba. Hay entonces una secuencia más o menos
clara: crisis-colapso-final del proyecto. La Argentina acaba de alcanzar
el tercer estadio de esta secuencia. Esto es lo realmente nuevo que
está sucediendo ahora entre nosotros: que el proyecto ha finalizado y
que, en consecuencia, desde él es prácticamente imposible atender ni
solucionar de fondo ninguno de los graves problemas presentes. Fuera
de “esto”, lo demás es muy conocido (tanto en actores, como en problemas).
La expresión popular “el modelo está agotado”, es una perfecta
síntesis intuitiva de esta novedad histórica; sin embargo, la mayor parte
de su dirigencia actúa como si ese “modelo” pudiese darnos todavía algo
más. Un poco a la manera de aquellos caballeros castellanos que –con el
Cid ya muerto- ponían el cadáver sostenido sobre su caballo, con la esperanza
de volver a ganar la batalla.

4. Vivir en “tiempos finales” no es sencillo ni fácil. Frente a la desorientación
general que suele reinar en ellos y a la angustia existencial que los finales
provocan, las ofertas de presuntas (y rápidas) “soluciones” suelen ser
tan abundantes como insólitas y generalmente inútiles. Son épocas en
que los magos, milagreros y “expertos” abundan y se cotizan. Dos actitudes
inapropiadas suelen aquí ser las más comunes. A una de ellas podríamos
denominarla “regresiva” (o retardataria) y consiste en negar el
carácter “final” de esa realidad y tratarla como una “crisis” más del modelo
(aún cuando se destaque su magnitud). La otra actitud –también inadecuada-
es el “apresuramiento”, es decir la (vana) pretensión “refundacional”
cuando la crisis aún está cursando, o la postulación (voluntarista) de modelos
y valores cuando los tiempos de escucharlos todavía no han llegado.
Ambas conductas terminan –a la corta o a la larga- en el fracaso. Es
que el final tiene su propio tiempo y sus propias urgencias y solo atendiéndolas
diferenciadamente es como acaso logremos superarlo. Hacerlo
no es fácil y requiere una muy fina inteligencia política.

5. En tiempos de final la primera actitud política que se impone es reconocerles
el carácter de tal y así aceptar el juego y el desafío que ese mismo
final impone; por supuesto que para “jugarlo” y no para vivirlo con simple
resignación. Es siempre preferible el dolor inicial de ese reconocimiento
que la tranquilidad pasajera de su negación. Si esto ocurre, entonces el
final empieza a adoptar la figura (positiva) de un entre-tiempo, de un interludio,
de un intervalo. Ya no es solo la presencia monolítica y aplastante
del “final”, sino también el avizoramiento de “otra orilla”, de otro costado,
de otra posibilidad. El tiempo del final genera así un nuevo espacio (político),
un “entretiempo” en el que –con la debida inteligencia y el debido
coraje- es posible volver a jugar, volver a decidir. Así que, es en medio de
la consumación que el mismo final impone, donde están las claves de un
nuevo juego: el del entretiempo, el del final, pero ahora abierto a lo nuevo
que emerge. Quien busque la solución en el viejo repertorio de las crisis,
errará entonces de medio a medio. Bien decía nuestro Leopoldo Marechal:
“De todo laberinto se sale por arriba”.

6. Instalado ya ese “entretiempo” –precisamente por haber aceptado el carácter
final del presente- la primera capacidad que se requiere es la de
desarrollar (en cada caso y para cada cosa) una mirada bifronte: mirada
que de un lado atiende la existencia de lo que “está”, de lo que “es”, y de
otro, a lo que “puede ser”, a lo que requiere y puja por “venir a ser”. Esta
mirada bifronte conoce –a un tiempo y “piadosamente”- el carácter consumado
(“cadavérico”) del presente y la novedad (vital) de lo que todavía
no nació. Atiende a ambas cosas, soporta la tensión que eso supone y
está preparada tanto para los entierros, como para los partos. Sabe además
que ambas cosas se requieren mutuamente y así obra.

7. En los términos prácticos de la política, esta actitud bifronte del “entretiempo”
supone un tipo especial de gobierno: un gobierno provisional con
un programa de emergencia nacional. Y aquí las palabras deben sí ser
tomadas al pie de la letra, tanto por sus integrantes como por el pueblo
que lo decide. Se trata de un gobierno “provisional”, no solo porque el
régimen constitucional vigente seguramente así lo determina (dándole la
imprescindible legalidad jurídica), sino que es provisional en un sentido
mucho más fuerte: viene para conducir el final hacia su consumación
(hacia su propio “final”) y no solo para resolver una crisis, única forma de
que lo realmente nuevo emerja. Con esto, le agrega legitimidad social a la
legalidad jurídica que ya poseía. Esto es lo que se espera de él y este es
el tipo de gobierno adecuado para el “entretiempo”. En este carácter “provisional” está, paradójicamente, su fortaleza. Si lo olvida, esta se licua y
también se termina.

8. Pero, para poder llevar a cabo esta tarea, ese gobierno provisional –como
dijimos- requiere tener un programa de emergencia nacional. Y aquí también
la palabra “emergencia” debe ser tomada en su sentido más amplio.
Ese programa es de emergencia, en primer lugar, porque viene a atender
(como puede) la urgencia, la crisis que pavorosamente –y tal como corresponde a un “final”- se desarrolla ante nosotros; pero también es de
emergencia porque atiende a lo nuevo que surge, a lo que emerge como
distinto y que representa –aun en medio de la crisis- la única posibilidad
de superar el final. Y ambas cosas (urgencia y emergencia) deben ser
atendidas a un tiempo (con “mirada bifronte”), porque esa simultaneidad
es esencial. Si el programa se queda solo en la urgencia, pierde la posibilidad
del futuro; pero si no la atiende, termina disolviendo el sujeto social
de todo futuro posible.

9. Así, y casi contrariando toda regla de la política, un gobierno de este tipo
está para irse, no para quedarse. Su fortaleza no está en la duración de
su mandato, sino en su capacidad de tender un puente con la otra orilla,
de transformar el final cerrado y consumado, en un “entretiempo” donde
sea posible volver a “jugar”. Este “puente” queda tendido cuando –aún en
medio de la crisis final- el pueblo puede volver a elegir, es decir cuando
gobierno así autoasumido está en condiciones de gobernar un “final”. A
su vez, contra él conspirará sin dudas la peor de todas las “tentaciones”:
la de “quedarse” (mediante cualquier artilugio), o bien la de “prolongarse”
(mediante la designación de un “sucesor”, o la manipulación del ulterior
proceso eleccionario). La actual sentencia popular “que se vayan todos”
expresa –en los términos rotundos y a la vez confusos, propios del “final”-
las paradojas y desafíos de un gobierno provisional de emergencia: está
para irse. Y en el buen cumplimiento de ese mandato está su fortaleza.

10. Las elecciones en tiempos del final son también particularmente difíciles
y requieren una “ingeniería” (legal y social) singularmente trabajada. Quien
crea que se puede afrontarlas “maquillando” un poco el actual Código
Electoral se equivoca de medio a medio. Lo peligroso aquí es el fracaso,
ya que si estas salen mal o desembocan en una nueva frustración, todo
lo ganado se derrumbará, reapareciendo entonces el rostro marmóreo
del “final” consumado. Aquí también un principio general parece imponerse:
la necesidad de elegir realmente de nuevo. Para esto es necesario
que tanto las ideas como los hombres estén a la altura de las circunstancias.
Elegimos en un “entretiempo” donde lo nuevo no ha terminado de
nacer y lo viejo no ha terminado de morir. Peculiar momento donde además
el pueblo ha expresado una aspiración clara y rotunda: la renovación
raigal de su clase dirigente. En consecuencia, cualquier ingeniería
electoral que se imagine –si es sincera y aspira al éxito- deberá asegurar
dos cosas básicas: 1º) que quiénes “hayan estado” y sean responsables
del presente colapso, no puedan volver a estar, y 2º) que quiénes “lleguen”
no puedan “eternizarse” en los cargos, a la vieja usanza (ni aún
teniendo éxito). Si esto medianamente se cumple, la democracia argentina
gozará de dos períodos presidenciales consecutivos (ocho años) en
los cuáles podrá decidir -con mucha mayor serenidad- un nuevo rumbo
más prolongado; así, el “entretiempo” (de la emergencia) se habrá transformado en transición y un nuevo juego acaso sea posible. Lo demás es
viento de palabras y vana carrera al precipicio. ¿Estaremos a la altura de
esta circunstancia; o seguiremos creyendo que se trata de una “crisis”
de receta más o menos conocida?












1 El presente texto es abreviatura y síntesis de un trabajo mucho más extenso -de hermenéutica filosófica- sobre la cuestión de “finales y recomienzos”, históricos y políticos. Si bien esto lo torna apto para la lectura rápida y la divulgación ágil en “tiempos de urgencias” (y así nos fue pedido), corre sin embargo el peligro de toda simplificación: la comprensión involuntariamente
errónea o parcial. Sin embargo, esa misma urgencia de los tiempos justifica correr el riesgo.

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